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La muerte de Marcelo Ormaechea

Marcelo Ormaechea (+qepd).

Marcelo Ormaechea era un vasco cabrón. Como pocos. Tosco, mal ondeado, discutidor hasta por dos figuritas de más o de menos, costaba hacerlo reír o lograr que demuestre afecto. Sin embargo, tuvo tres hijas maravillosas, bellas, afectuosas, con una sonrisa de lado a lado, con pasión por la vida y el deporte. Unas más y otras menos, como siempre sucede. "Es que nos parecemos más a mamá", repetían, en referencia a Mirna Mustafá, su querida madre.

Marcelo no pudo llegar al otoñal y aún veraniego 21 de marzo de 2022. Fue encontrado muerto en su cama, en la noche del domingo, producto de una descompostura que derivó, con el correr de las horas, en un aneurisma.

Se murió solo, en su cama, en absoluto silencio.

Pidió ayuda a la gente de Salud del hospital de Sunchales, pero, evidentemente, no le respondieron como él hubiese querido y él después fue demasiado tarde.

Marcelo era así de cabrón.

Solamente fue al hospital de mañana, se hizo ver y cuando se sintió mal a la tarde, llamó para que alguien lo buscara o lo volviera a ver. Pero no llamó a nadie más. Podía hacerlo, pero él era así; no iba a molestar a nadie y trataba de resolver las cosas a su manera.

Siempre fue igual en la vida.

Quizás como consecuencia de aquella muerte temprana de su padre, a los 52 años, en la que todos los hermanos tuvieron que salir adelante como fuera, junto a su adorada madre. Se turnaban para atender el kiosko familiar de calle Chacabuco y ello fue de gran ayuda.

Marcelo era el más chico de los Ormaechea y sin dudas al que más golpeó la partida de su padre, consecuencia de un infarto.

Marcelo Ormaechea se esforzó como nadie para que su hija Paula llegara hasta donde llegó, en el tenis nacional y mundial. Dejó su vida en apostar a su crecimiento. Marcelo sabía el potencial que había en aquella pequeña, que sorprendía a propios y extraños con sus raquetazos, cuando recorría las canchas de Sunchales, Santa Fe o Paraná. Pero también estuvo cerca de su hija mayor Sofía y de la menor Valentina. Las tres eran el orgullo de Marcelo; cuando hablaba de ellas se le inflaba el pecho y hasta tenía otra tonalidad su voz.

El tema era hasta dónde las tres iban a soportar el nivel de exigencia de su padre. Porque siempre les reclamaba esfuerzo, pasión por lo que hacían y trabajo para llegar. No lo entendía de otra manera. Tal como lo hacía a diario en Sunchales, como si fuera un pibe.

Marcelo tenía por estos días el mismo físico que 40 años atrás, cuando jugaba al fútbol, por su nivel de entrenamiento y cuidado.

Fue de esa manera que se convirtió en uno de los mejores volantes derecho de Reconquista, desde que apareció, de joven, en la primera división liguista, hasta que se fue de la ciudad, buscando otros rumbos que no se le dieron cómo esperaba en Unión o Talleres de Córdoba, por lesiones que no se lo permitieron.

Marcelo y Gerardo Baragiola estaban al tope del ránking de los jugadores en ese puesto en Reconquista. Casualidades de la vida, los dos fallecieron en estas últimas semanas. Primero se fue Gerardo y ahora partió Marcelo.

En el velatorio, Paulita y Valentina preguntaban insistentemente por qué les pasaba esto. Por qué la muerte; por qué el destino. Por qué la partida tan pronto, cuando esperaban ansiosos el 29 del mes que viene, en que Marcelo iba a cumplir sus 60 años, aunque sabían que nunca se iba a prestar a festejo alguno.

Paula llegó como pudo desde Colombia, donde jugó la final del torneo de tenis latinoamericano, representando a la Argentina. "No lo pude ver al partido", le alcanzó a decir Marcelo, en un mensaje de texto. Fue la última comunicación que tuvo con Paula.

El eterno abrazo de Marcelo con su hija, Paula Ormaechea.

Un tiempito antes, ambos quedaron retratados en algunas fotografías bellísimas, que nunca se habían visto de esa manera, por su amor y espontaneidad. Fue también el abrazo eterno más hermoso y emocionante entre Marcelo y Paula, en una cancha de tenis.

Marcelo se fue en silencio. Quizás como hubiera querido siempre. Pero su repentina muerte duele mucho. A su familia, a sus amigos, a sus compañeros de escuela.

Descansa en paz, Marcelo. Hasta las próximas jugadas, esas llenas de magia y belleza que siempre te caracterizaron. Esas que nos deleitaban hasta las lágrimas. Como las que cayeron hoy, por tu partida y por tu ausencia.

Daniel Enz 

 

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